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Los Concha González:  A oscuras y sin relevo

Tras perderlo todo en el incendio de Biobío, Lissette sostiene sola a su familia de tres miembros prácticamente ciegos, pero no está sola: el acompañamiento permanente del Hogar de Cristo ha sido clave para enfrentar la emergencia y la vida diaria, en un caso que hoy exige una respuesta concreta del Estado.

Por Ximena Torres Cautivo

Lissette (47) toda la vida ha cuidado de su hermana Vannessa (42). La considera “divertida, ocurrente, un angelito”. Vive atenta a todos sus requerimientos, lo mismo que a los de sus padres, Sergio Concha y Mariana González. Ambos padecen la misma discapacidad visual. No son del todo ciegos, pero a medida que envejecen se van adentrando en un mundo mucho más oscuro y poblado de sombras.

A eso se suma la condición de Vannessa (42), quien además de ser casi ciega, tiene síndrome de Down, insuficiencia respiratoria grave y depende de oxígeno.

Profesora básica, hasta hace poco Lissette trabajaba en Chiloé. Hoy no puede: su familia la necesita en Lirquén, donde el fuego arrasó con todo. “Quedamos en la calle”, resume. Desde entonces, su prioridad es una: poder trasladarse laboralmente a Biobío sin perder sus años de servicio.

La emergencia no solo fue material. Esa noche, debieron envolver a Vannessa en chales para evitar que el humo la asfixiara. Luego vino la separación: sus padres en un albergue, su hermana hospitalizada. “Ha sido una fractura tremenda”, dice Mariana González, la madre.

En medio de la crisis, el acompañamiento del Hogar de Cristo —con quienes la familia tiene vínculo desde hace años— ha sido clave. El apoyo, que comenzó con el padre Sergio tras una trombosis ocular, hoy se extiende a toda la familia, incluyendo a Lissette como cuidadora principal.

APOYOS MEDIÁTICOS Y DONACIONES ANÓNIMAS

A eso se sumó una ayuda inesperada: la donación de una vivienda de emergencia a través de dos conocidos influencers: Danilo Peña y @domiclaude. Y su completo equipamiento interior gestionado a través del capellán José Francisco Yuraszeck, quien recibió el aporte de un empresario turístico de Pucón. “No podía creer el palacio que ahora tenemos”, dice Mariana.

Pero la precariedad sigue. Lissette carga con el cuidado total de su familia y con una urgencia concreta: trabajar donde ellos están. “Nadie es Superman”, admite. “Superar esto, más después del incendio, sin apoyo no se puede”.

Mientras organiza la mudanza a su nueva casa —incluyendo adaptar el espacio para la baja visión de sus padres y gestionar el traslado del oxígeno de su hermana— espera una decisión clave: que el Estado facilite su traslado laboral a la zona.

Porque más allá de la solidaridad, su caso plantea una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando el cuidado recae completamente en una persona?

En esta historia marcada por la pérdida, el acompañamiento permanente del Hogar de Cristo ha sido una de las pocas certezas. Pero hoy, advierten, no basta. Hace falta una respuesta concreta.

Hogar de Cristo

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