Hace poco tuve la oportunidad de reflexionar públicamente sobre una dura realidad que Naciones Unidas ya definió con claridad: la soledad es la principal enfermedad que hoy padecemos los adultos mayores. Se trata de una etapa compleja donde acumulamos duelos de forma silenciosa, despidiendo a nuestras parejas de toda la vida, a nuestros amigos, a nuestros trabajos y, muchas veces, perdiendo la propia capacidad física para salir al mundo.
Sin embargo, el dolor más profundo y evitable es el alejamiento de nuestra propia sangre. Vemos con profunda tristeza cómo hijos y nietos viven totalmente absorbidos por las pantallas de sus teléfonos o televisores, levantando muros invisibles que nos confinan al aislamiento, ya sea en el living de la propia casa o en las residencias donde muchos mayores terminan sus días sin que nadie vaya a verlos.
Mi llamado a las nuevas generaciones es a despertar de este letargo digital, porque el presente es hoy. Los invito a soltar el celular por un momento y sentarse a conversar de verdad con sus padres y abuelos. Pregúntennos cómo nos conocimos, escuchen nuestras historias sobre cómo era la vida en el Concepción de antaño y atrévanse a descubrir la inmensa riqueza cultural y afectiva que guardamos.
La cura para esta epidemia de soledad no se vende en las farmacias, sino que reside en el tiempo compartido. Somos bibliotecas vivas esperando ser leídas; solo necesitamos que alguien decida apagar la pantalla para mirarnos a los ojos y hacernos sentir que todavía importamos.
Por Arturo Espinoza Brower, Presidente De Arcam Biobío














