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Cuando se le pierde el miedo al matón del barrio


El matón del barrio no siempre es el más fuerte. A veces es simplemente el que logró convencer a los demás de que no vale la pena enfrentarlo. Su poder no descansa solo en la fuerza, sino en el miedo que genera, en el silencio de quienes lo rodean y, sobre todo, en la idea de muchos de que cada uno puede arreglárselas solo.

Algo de eso ocurrió recientemente en el escenario global, cuando el primer ministro de Canadá, Mark Carney, en el Foro Económico Mundial de Davos, se atrevió a decir lo que muchos piensan, pero pocos expresan.

Llamó a los países de poder intermedio a no dejarse intimidar por el matón del barrio global y lanzó una advertencia tan simple como brutal: si no estás en la mesa, estás en el menú. Su mensaje fue claro: la sumisión no protege, solo posterga el abuso.

Esta lógica se repite a todo nivel. En la política internacional, en los países, en las comunidades, en los barrios, en las escuelas y en las salas de clase. El bullying funciona exactamente igual: un agresor que ejerce presión psicológica o violencia porque percibe miedo, aislamiento y desunión. Pero muchas veces ese aislamiento no es solo impuesto, sino elegido, alimentado por la ilusión de que es posible salvarse solo, congraciarse con el poderoso o pasar desapercibido mientras otros reciben el golpe.

Da vergüenza y también preocupación observar cómo frente a situaciones evidentes de abuso aparecen actitudes de sumisión disfrazadas de pragmatismo. Personas, comunidades e incluso países que creen que mostrando obediencia, silencio o lealtad al matón lograrán protección. La historia demuestra lo contrario: el abusador nunca se sacia; solo se autoimpone nuevos objetivos. El individualismo extremo, tan celebrado en el discurso contemporáneo, termina siendo el mejor aliado del abuso.

Carney reforzó su argumento citando a Václav Havel, quien explicó cómo los sistemas abusivos se sostienen porque todos aceptan su narrativa y “ponen el cartel en la vitrina”. Cada cartel es una renuncia individual: no me meto, no es mi problema, mejor no provocar. Pero basta que uno se atreva a retirar ese cartel para que otros lo sigan. El abuso no se derrumba de golpe; se resquebraja cuando se rompe la ficción de que la salvación es individual.

En una sala de clases ocurre lo mismo: cuando los estudiantes dejan de mirar para el lado, cuando el grupo decide no reírle las gracias al agresor y se apoya mutuamente, el matón pierde poder. En los barrios, la seguridad no mejora solo con más control o vigilancia, sino cuando los vecinos recuperan la confianza y actúan como comunidad. El miedo fragmenta; la acción colectiva protege.

Diversos educadores lo han señalado con claridad. Paulo Freire advertía que las relaciones de dominación se perpetúan cuando los oprimidos internalizan el relato del opresor y compiten entre sí por migajas de protección. Romper ese círculo implica conciencia, comunidad y coraje. Nadie enfrenta al matón solo; el cambio ocurre cuando los que estaban aislados se reconocen como comunidad.

El mensaje es incómodo, pero necesario: el primer paso para neutralizar a un matón es perderle el miedo y compartir ese gesto con otros que viven la misma situación. Mientras creamos que la salida es individual, el abuso se reproduce. Solo cuando entendemos que la dignidad se defiende juntos es posible superar los abusos, ya sea a nivel global, nacional, comunitario, escolar o en una simple sala de clases.
El matón no se neutraliza cuando alguien se somete, se neutraliza cuando muchos dejan de tener miedo al mismo tiempo.

Marcelo Trivelli Oyarzún es ingeniero civil de la Universidad de Chile y MBA de Universidad de Berkeley. Su vida laboral ha combinado el emprendimiento y la empresa, el servicio público y la política, así como el compromiso social y ambiental.

Fue intendente de la Región Metropolitana entre 2001 y 2005, destacando por su trabajo en transparencia, descentralización, políticas de cohesión social, seguridad y medio ambiente. Durante su gestión, logró posicionar a Santiago  como la mejor ciudad para hacer negocios en América Latina.

Fundó y presidió por 20 años la Fundación Semilla, dedicada a fortalecer la educación en valores, la convivencia escolar y la ciudadanía activa. Es columnista habitual de El Desconcierto y de diversos medios regionales, donde aborda temas sobre ética pública, situación internacional, tecnología, desarrollo humano y educación. Y por supuesto, política nacional. 

Por Marcelo Trivelli

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