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La educación como fundamento de gobierno

Al conmemorar los ochenta años del Premio Nobel de Literatura a Gabriela Mistral, cuyo lema fue educar para la paz, se evidencia que uno de los grandes desafíos de este nuevo período será lo que ocurra en nuestras escuelas, colegios y universidades.

La educación contemporánea enfrenta transformaciones estructurales de gran escala: la expansión del acceso al aula, la creciente heterogeneidad del estudiantado, la digitalización de los procesos formativos, la educación basada en competencias, el aprendizaje a lo largo de la vida y la internacionalización del conocimiento. Para Michael Fullan, liderar en contextos de cambio implica no solo gestionar procesos, sino también movilizar capacidades colectivas para una mejora sistémica y sostenible, que requiere miradas integradoras e inclusivas.

Del mismo modo, Martha Nussbaum nos llama a asumir la gran misión irrenunciable de la educación: resguardar la democracia mediante el cultivo del pensamiento crítico, la empatía y la deliberación racional. Esto, especialmente en tiempos de posverdad, polarización, fragmentación social e incertidumbre global, adquiere una relevancia histórica.

Para los nuevos tiempos, es necesario considerar los aspectos que involucran calidad formativa y compromiso ético para disminuir las brechas entre contenido y formación valórica, la sola evidencia de los débiles resultados de la PAES en sectores desprotegido debe guiarnos donde focalizar estrategias educativas que potencie el aprendizaje y permita la movilidad social.  Entonces, en los territorios más afectados por la falta de un entorno sociocultural positivo se debe contemplar acciones concretas, que impulse un ecosistema integrador y seguro, ambos en un mismo sentido de desarrollo con mirada de futuro.

El poder político está llamado a consolidar una educación pertinente, equitativa y socialmente comprometida. No puede reducirse a consignas ni a confrontaciones como forma de gobernanza. La implementación de los cambios propuestos deberá observarse y analizarse con claridad respecto del horizonte de las nuevas políticas públicas y del modo en que se ejercerá el liderazgo, bajo las banderas de la libertad, la participación y la coherencia del proyecto educacional chileno. Lo anterior implica recurrir a nuevos acuerdos y a un Estado flexible, pero orientado a incrementar la generación de conocimiento, ciencia, tecnología, innovación e investigación.

Lo que hoy aparece como esperanza en medio de las polarizaciones ideológicas debe convertirse en una oportunidad para sostener una vida social más armónica y reencantar a la sociedad con un afán humanista que contribuya a superar la brecha intelectual y valórica que enfrentamos a diario. No solo observamos signos de debilitamiento de la integridad en quienes han completado procesos formativos regulares y superiores, sino también la expansión de la contracultura, el antisistema y un hedonismo inmediatista que coexisten con el narcotráfico y la violencia. Es el momento, por tanto, de revisar y analizar los diagnósticos, dialogar para generar mejores condiciones en cada etapa del proceso educativo y en su conjunto, y dejar de culpar al entorno por nuestras propias responsabilidades.

Ricardo Bocaz Sepúlveda

Vicerrector

Universidad del Alba

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